Distopía

El género de la Distopía es uno de los más populares en el cine y la literatura, desde principios del siglo XX los escritores han abordado la temática de una sociedad completamente descompuesta en la que todo es malo. Pero hablar de la Distopía implica forzosamente hablar de su contraparte, la Utopía y de un tercer término que es ajeno a ambos, la Heterotopía.

Iniciemos con una definición personal del género:

La Distopía es una obra en la que se presenta a una sociedad ficticia que ha llegado a una situación totalmente indeseable. Suele presentarse inicialmente como una sociedad perfecta, pero eventualmente alguno de los personajes encuentra lo distópico en ella generando un conflicto.

Un error común es que suele confundirse a la Distopía con la sociedad postapocalíptica pues ambas representan una sociedad totalmente indeseable. Sin embargo, esto no es así, una sociedad distópica es aquella en la que el sistema de gobierno (militar, político o tecnocrático, por mencionar los más comunes) lleva al resto de la sociedad a un punto tal de sometimiento que termina por generar una ruptura (revolución). Para las clases privilegiadas la sociedad es una utopía, pero para las clases bajas no lo es. Por su parte, en la sociedad postapocalíptica, lo único que resta es sobrevivir con lo poco que haya quedado en pie.

Existen muchas películas distópicas así como un sinnúmero de novelas del mismo género, pero son tres los libros más famosos a nivel mundial: Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, publicado en 1932; 1984 de George Orwell, publicado en 1949, y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury publicado en 1953.

La Utopía y su naturaleza distópica

Etimológicamente utopía significa fuera de lugar, no lugar o lugar que no existe, y representa a la supuesta sociedad ideal, perfecta, en la que no hay conflicto ni ninguna clase de problemas. Dicha sociedad no es posible en la realidad por la simple y sencilla razón de que todos tenemos diferentes formas de pensar, si quisiéramos que una sociedad llegara a ese punto de perfección entonces todos deberíamos de pensar de la misma forma, tener los mismos valores y creencias y eso resulta imposibles en un mundo multicultural y pluriétnico como el nuestro.

La única forma de lograr que todos los humanos camináramos en la misma dirección sería restringiendo un gran número de libertades y eso es una característica distópica por naturaleza. Todas las Distopías que la ficción nos ha regalado nacieron como un intento de lograr la sociedad perfecta, para ello cada sociedad hizo lo que consideró más correcto, pero paradójicamente eso desvirtuó la perfección de la utopía que tenían como meta lograr. El hecho de que una sociedad esté bajo el mando de algunos hace que sean ellos quienes decidan, y por muy honestos e incorruptibles que sean es imposible que puedan alcanzar a entender las necesidades y diferencias de todos los grupos culturales que integran a una nación, por ello tales intentos de utopía terminan por restringir libertades, abriendo camino para la posterior distopía.

En Fahrenheit 451, para que todos piensen igual y al mismo nivel, se han prohibido los libros; en el filme Rollerball todo es perfecto, pero las corporaciones tienen las decisiones de todo, hasta de tu vida personal. En Un Mundo Feliz las diferencias sociales se evitan acondicionando genética y psicológicamente a las personas desde antes de su nacimiento, y en 1984 el Gran Hermano lo controla todo, hasta tu forma de pensar. Así, todo intento de utopía, al ser inalcanzable, dará como resultado una sociedad distópica.

Hay ejemplos en los que la sociedad parece ser realmente utópica, pero eso sólo es a los ojos de los grupos sociales más privilegiado, pues para los menos favorecidos la vida es una cruel batalla por sobrevivir todos los días. La saga Los Juegos del Hambre nos presenta a una sociedad que vive bajo la tiranía de unos pocos; para los habitantes del Capitolio, todo es perfecto, para para el resto de los distritos la vida es mala. En el filme Tomorrowland tenemos a la sociedad perfecta de los inventores y genios, esa sí es una sociedad utópica, pero para serlo tiene que abandonar y negar las bondades de la ciencia al resto de la sociedad, al grado de dejar que enfrenten su propia extinción.

Ahora bien, el origen de la mayoría de las Distopías son los intentos fallidos por logra la Utopía, pero hay algunas sociedades que se volvieron completamente indeseables por sí solas, pues cayeron en la decadencia a causa de diferentes problemas sociales que se fueron agravando con el paso del tiempo. Muchas de esas obras pueden lucir como Distopías, pero no lo son, o al menos yo no las considero así. Escape de Nueva York nos muestra un mundo lleno de crimen, que siempre fue violento y despiadado, Akira y muchas obras Cyberpunk nos muestran sociedades totalmente indeseables, pero no por ello distópicas, para que una distopía sea tal debe tener un origen utópico. En otras palabras, toda distopía es una sociedad indeseable, pero no toda sociedad indeseable es una distopía.

La sociedad indeseable

Hablar de una distopía propiamente dicha implica la construcción de una sociedad en la que existan una serie de problemas sociales, pero no de esos a los que estamos acostumbrados en las obras de Ciencia Ficción y más específicamente en géneros como el Cyberpunk y demás derivados. Los problemas sociales no están relacionados con la falta de recursos, el hacinamiento, los conflictos bélicos ni la contaminación, tienen que ver más que nada con el control de la sociedad, su desinterés y apatía, y el manejo de la información.

Tanto Orwell como Bradbury critican el férreo control de la información. En la obra de Orwell la historia es constantemente reescrita para que los enemigos en turno parezcan los amigos de toda la vida y aquellos personajes que atentan contra el sistema son suprimidos para siempre. Con Bradbury el problema es similar, pues los libros son vetados y quemados, y las personas que los leen son perseguidas como criminales. Ambos autores ponen a discusión el papel que el gobierno tiene en el control de la información y la forma en que medios periodísticos la manipulan.

En el otro extremo tenemos a Huxley, él muestra sociedades pasivas que están más interesadas en el placer y la distracción que en conocer la verdad, a pesar de que no exista una manipulación de la información que los prive de ésta como con los autores anteriores. El placer en la sociedad huxleana se volvió algo tan importante que incluso tenían pastillas para eso.

Una sociedad dormida contra una sociedad privada de información, ambas opciones constituyen las principales temáticas y críticas de las obras distópicas clásicas, pero no son las única. No obstante, si bien la mayor parte de la población no se da cuenta de la manipulación de la que son objeto o en caso de hacerlo deciden no hacer nada al respecto, siempre existe un personajes que puede clasificarse como un inadaptado social y que es quien se atreve a oponerse al sistema en cuestión.

El papel del personaje inconforme

El protagonista de una obra distópica generalmente es un inadaptado social, o al menos inadaptado a su sociedad, pues desde nuestro punto de vista lucirá como un héroe, un revolucionario, un prócer o hasta un mártir. Ya sea por la toma de conciencia como le pasó a Guy Montag en Fahrenheit 451, la incitación y la seducción que le dio el valor a Winston para encarar al sistema en 1984 o las imperfecciones y el resentimiento de Bernard en Un Mundo Feliz, todos los protagonistas fueron unos inconformes de su sociedad, se atrevieron a cuestionarla, la criticaron e hicieron algo al respecto.

El que una sola persona se atreva a contraria al sistema es visto por aquellos que tienen el poder como una amenaza a la estabilidad de la falsa utopía. Los protagonista son perseguidos y ello les da un carácter de criminales para aquellos que buscan mantener el statu quo, pero a los ojos de aquellos que están hartos de la tiranía lucirán como líderes a quienes seguir. Kantiss Evedeen de Los Juegos del Hambre o Beatrice Prior de la serie Divergente son el mejor ejemplo de ello.

El rol provocador de la mujer

Una constante en las tres novelas clásica de Distopías es el papel de la mujer. Generalmente hay una especie de mirada androcéntrica en estas obras, pues la mujer se ve reducida a un personaje provocador de pasión y conocimiento (como en la biblia) pero sin la importancia que tiene el protagonista, que siempre es un varón.

En Un Mundo Feliz tenemos a Lenina, la compañera con quien Bernard, el protagonista, viaja a la reserva salvaje, en donde ocurre el conflicto principal de la historia. Para el caso de 1984 la mujer que seduce a Winston es Julia, ella hace que el protagonista se anime a revelarse contra el sistema usando el sexo como forma de protesta. Por su parte, en Fahrenheit 451 Guy Montag reflexiona sobre la quema de libres por causa de una jovencita llamada Clarisse. Lenina es una versión sumisa de la mujer, Julia representa la libertad sexual y Clarisse es obviamente el conocimiento, todas en mayor o menor medida llevan a sus respectivos protagonistas a iniciar con sus aventuras.

Actualmente, novelas juveniles y sus correspondientes adaptaciones cinematográficas han reivindicado el papel de la mujer y la han colocado como la líder y protagonista.

El otro lugar, el lugar posible

La Utopía es el extremo de lo positivo, la Distopía lo es de lo indeseable. Si a la primera es imposible llegar y a la segunda tratamos de no llegar entonces la solución es encontrar un ámbito intermedio y esa es la Heterotopía.

Si la Utopía es el lugar donde todo es bueno y la Distopía es el lugar donde todo es malo, entonces la Heterotopía es el lugar donde todo es diferente. Este término fue acuñado por el filósofo Michael Foucault, quien propone diferentes tipos de Heterotopías. Para el caso de la teoría de géneros sería muy difícil hacer una aplicación directa de los mismos conceptos, pues para Foucault la Heterotopía es una sociedad real que puede estar a muy cerca de la Utopía o muy lejos de ella, pero sin convertirse en Distopía.

La Utopía, filosóficamente hablando, no se puede alcanzar y dentro la de teoría de géneros no existe, pues si la base de una historia es el conflicto, entonces una película sobre una sociedad perfecta donde todo está bien sería tan aburrida como mirar una misma imagen por dos horas, por eso el género en cuestión es la Distopía. La Distopía genera el conflicto a partir de radicalizar a una sociedad, pero la Heterotopía quedaría en una especie de limbo ya que algunas películas parecer acercarse a esa supuesta sociedad ideal pero sin llegar a serlo. Que las obras muestren sociedad heterotópicas no quiere decir que la Heterotopía sea un género, es únicamente la característica de esa sociedad. Como ejemplo la ya mencionada Tomorrowland y Downsizing (2017) que tienen elementos que se acercan a lo realmente utópico pero sin llegar a serlo.

En conclusión, la Distopía es un género que muestra a una sociedad indeseable donde muchas cosas son malas y es el resultado del intento de una utopía por parte de las clases dominantes, para quienes posiblemente la sociedad sí sea utópica.

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La voracidad del consumo virtual

Faith Hilling

Hace tiempo leí una frase que decía más o menos así: “Internet se escribe con tinta” y luego de meditarla por un rato concluí que es verdad. Todo el contenido que se sube a Internet, dígase imágenes, videos, audios o letras perdurará en la inmensidad de la red por siempre, incluso si borramos lo que hemos compartido eso se quedará almacenado en algún servidor alojado en un país con políticas sobre privacidad y derechos de autor un tanto endebles, oculto para la mayoría de internautas pero posiblemente accesible para quienes frecuentan la Deep Web. Y si bien internet tiene una memoria infinita y se ha convertido en el principal acervo de información en todo el mundo, la velocidad con que se mueven las modas virtuales es tan rápida que aquellos memes o videos que fueron los más populares en su momento quedan en el olvido cuando son desplazados por una nueva sensación.

¿Quién de ustedes no recuerda los videos de Edgar se cae y la Canaca, modas como el Harlem Shake o el Ice Bucket Challenge, los innumerables memes surgidos para ridiculizar la polémica del momento o, si nos vamos al ámbito del hastag, el #noerapenal y las decenas de versiones del #yamecanse? Creo que todos de una u otra forma, algunas veces de manera involuntaria, hemos sido víctimas de esa feroz viralización de determinados contenidos que pululan por la red. El ejemplo más obvio es el de las mentadas Selfies, que ha desplomado la venta de tripies para cámara y borrado de la memoria de los usuarios que existe una opción llamada “temporizador” que permite retrasar el tiempo del disparo. Todas esas modas logran captar a un público masivo, tan incuantificable que cierto video de un cantante coreano averió el contarlo de YouTube.

No era penal March

Ya en uno de sus capítulos, South Park nos ponía en alerta sobre la peligrosidad de seguir las modas de internet y sobre lo rápido que estas pasan. En el pasado la moda se determinaba por décadas, ahora debemos visitar diariamente Twitter para saber cuál es el trending topic de la semana o de esa tarde. Y eso mismo pasa con mucho contenido no viral de internet, los blogueros, los vlogueros, los streamer, los vinestars, los twitstar y los youtubers suben tanto contenido todos los días que en ocasiones algunas cosas que pueden ser muy buenas pasan completamente desapercibidas entre la enorme marejada de contenido al que tenemos acceso. Aunque puede pasar lo contrario como lo que me ocurrió a mi hacer algunas semanas.

En 2011 publiqué la entrada de Catolicadas como parte de una serie de entradas llamadas “La animación como distensor social”, que pretendía hablar sobre las animaciones que abordan temas tabú o que son difíciles de hablar por diversas razones. Descontinúe la serie porque preferí hablar de cada obra por separado y borré todas las entradas, incluida la de Catolicadas que casi nadie leyó. No obstante, como dicha entrada me parecía interesante volví a publicarla con el contenido exacto de aquella primera vez. Para mi sorpresa tuvo mucho éxito y de hecho es la entrada más compartida del blog, ha sido compartida más de 50 veces. Y eso fue lo que me llevó a escribir esto, pues me parece curioso que una entrada con el mismo contenido tuviese más éxito la segunda vez que aquella primera ocasión. Y si bien tengo más lectores ahora que hace cuatro años y la entrada versa sobre un tema polémico, no deja de ser un hecho interesante, sobre todo porque nos muestra que si bien internet se escribe con tinta y lo recuerda todo, la gente no.

Cat Breaded

La gente, sobre todo la gente mexicana, tiene una pésima memoria social, algo que para los políticos resulta ser nuestra mejor cualidad, pues al cabo de unas semanas, meses o años, dependiendo de las atrocidades de sus acciones, todo se nos olvida, perdonamos a quienes nos ofendieron y volvemos a votar por ellos. Y curiosamente ese lapso de memoria varía entre tres y seis años. Lo que ocurrió con la guardería ABC, con el 132, con Acteal, con Atenco y lo que está pasando con Ayotzinapa es la historia de siempre, los políticos dejan que el tiempo lo cure todo, y lo cura, eso y un poco de ayuda de la televisión y las noticias sensacionalista.

Así como las modas de Internet pasan y se olvidan a causa de la velocidad con la que surgen, los problemas sociales, los crímenes de estado y las promesas de campaña se olvidan de la memoria social, de las noticias y de la historia. Para mí, México vive en un estado orwelliano perfecto, donde el Ministerio de la Verdad ni siquiera tiene que preocuparse por borrar o cambiar la historia, pues la ciudadanía lo hará por sí misma. Podemos regresar a Internet, hurgar entre los archivos binarios como los arqueólogos virtuales de Pale Cocoon para reconstruir el pasado histórico a partir del registro digital (Internet será el paraíso de los arqueólogos e historiados del próximo siglo), podemos desgastar el scroll para ver los primeros videos de ese famoso youtuber, pero no podemos hacer lo mismo con los problemas sociales. Lo que ocurrió el 2 de octubre de 1968 no se ha olvidado, cada año hay una marcha, lo que ya se olvidó es el sentimiento de hartazgo ante los atropellos de la autoridad que llevó a los estudiantes de ese tiempo a marchar, y eso es lo que nunca deberíamos olvidar y lo que para desgracias de nuestro país olvidamos primero.