La Leyenda de Korra

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Título Original: The Legend of Korra.
Género(s): Acción, Fantasía, Drama, Aventura, Comedia.
Creado por: Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko.
Estudio: Nickelodeon Animation Studio, Ginormous Madman, Studio Mir y Studio Pierrot
Emisión: 14 Abril 2012 – 19 Diciembre 2014.
Duración: 52 episodios.
Extras: La Leyenda de Aang.

Tras la conclusión de Avatar, los creadores se tomaron un merecido descanso; el recién formado fandom se encargaría de mantener un interés constante por este nuevo universo en los meses siguientes y hasta se lanzaron un par de novelas gráficas para expandir la historia original. Varios años más tarde se anuncia el desarrollo de una secuela animada en toda regla; pero en esta ocasión no regresaban los personajes originales, pues esta era una nueva historia: La Leyenda de Korra.

Setenta años han pasado desde el fin de la Gran Guerra y el Avatar Aang ha partido ya hacia el otro mundo; el título de Avatar es heredado a Korra, una joven impetuosa y rebelde nacida en la Tribu Agua del Sur. Al contrario de su predecesor, Korra está más que dispuesta a cumplir con su misión sagrada y ya domina tres de los cuatro elementos a temprana edad. Sin embargo, el Aire Control sigue estando fuera de su alcance, aún con un descendiente directo de Aang como maestro particular.

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Para avanzar en su entrenamiento deciden trasladarse a Ciudad República, la metrópolis donde no hay distinciones entre raza u origen. Sin embargo, las personas comunes comienzan a sentirse oprimidas por aquellos maestros capaces de controlar los elementos. Surge una rebelión dirigida por el misterioso Amón y pronto la situación escapa al control de las autoridades locales. El Avatar decide entrar a la acción a la vez que descubre la verdadera naturaleza de este nuevo mundo.

La serie consigue superar el increíble apartado técnico de su predecesora: animación, apartado sonoro y argumento son todos de primer nivel; resulta imposible evitar compararlas: la primera tenía un tono más enfocado al humor, mientras esta segunda parte se siente más madura y oscura. Expande de forma magnífica ese mundo al que solo echamos un vistazo en la primera parte y este elenco de nuevos personajes es más que bienvenido.

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Korra en particular, es una protagonista extremadamente dinámica; durante la serie presenciamos su trasformación de una peleadora temeraria a un poderoso ser en equilibrio espiritual. Sus acompañantes a menudo no están a la altura, en contraste con Equipo Avatar original, pero los villanos son verdaderamente interesantes; cada uno pelea por sus propias creencias con un ímpetu increíble. Es realmente entretenido presenciar los enfrentamientos y razones detrás de cada uno.

Las escenas de combate son magníficas e incluyen todo un repertorio de técnicas nuevas. Al mismo tiempo, la atmósfera es muy diferente: mientras que el Avatar original estaba ubicado en una especie de época feudal, el mundo de Korra parece más bien una ciudad industrializada de los años veinte. Luego de la guerra se dio un gran impulso a todas las artes y ciencias; nuevas tecnologías aparecen cada día y con ellas nuevas amenazas o formas de ver el mundo.

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Por el contexto en el que vive, quizás el viaje de Korra sea más difícil que el de sus antecesores. Durante la serie se nos dan más datos respecto de este mundo, su historia, sus tradiciones y cómo lo ancestral lucha por coexistir con todos estos adelantos científicos. A menudo aparecen, o se hace referencia, a personajes que conocimos en el viaje anterior, añadiendo un toque casi nostálgico y alegre cada vez que aparecen en pantalla.

Mi principal temor en un principio era que la historia no “despegara” lo suficiente para consolidarse como algo independiente, y tuviera que recurrir a estos constantes cameos o reenvíos a la original para mantener nuestra atención. Por fortuna estuve equivocado y ahora puedo decir que esta segunda parte puede considerarse una de las mejores secuelas en el ámbito de la animación. Todo se siente más rápido, agresivo, poderoso y en paralelo, aún más real.

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Por supuesto, el humor continúa siendo parte elemental de esta bella mezcla y el romance tiende a colocarse en primer plano en multitud de ocasiones. También se tocan muchos temas novedosos en una serie enfocada a un público infantil y que de nuevo puede ser disfrutada por cualquiera sin problemas. Quizás uno de sus pocos defectos es que el ritmo se siente un tanto apresurado, y sigue existiendo ese molesto episodio de relleno que resume toda la historia.

A pesar de ser diferente, oscura y hasta caótica en comparación con su antecesora, La Leyenda de Korra es una digna sucesora a esta genial historia. De nuevo se puso especial cuidado en cada detalle para entregar otra historia épica e intrigante, pero suficientemente original, situada en este maravilloso mundo donde lo místico y lo tecnológico logran coexistir, poblado por increíbles personajes que consiguen dejar huella permanente en el espectador.

El síndrome de viejo

La televisión en los 90

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“En mis tiempo, la televisión infantil tenía mejor contenido”, “cuando era niño, las caricaturas eran muchos más graciosas”, “antes pasaban buenos programas y no esas porquerías”, esas y otras frases similares me han resultado muy comunes últimamente, ya sea porque las he escuchado de otros o bien porque yo mismo he tenido la intención de decirlas. Dicho fenómeno me recordó un podcast (no recuerdo de quien) en el que hablaban del síndrome de estar viejo, el cual se manifiesta con ese tipo de frases y con la constante necedad de creen que en nuestro tiempo las cosas eran mejores.

Reflexionando un poco sobre el asunto pude notar que la música, las películas y los programas que ven ahora los morritos de primaria y secundaria son realmente una porquería, me resultan desagradables, irritantes, carentes de sentido y estúpidos. Esas nuevas novelas juveniles o las sosas comedias para pubertos —como las de Dan Shneider— se han vuelto un producto más genérico que los artificiales pastelitos de Marinela. Y todo eso me ha obligado a creer que sí, en efecto, en mis tiempos las cosas eran mejores, ¿o tal vez ya me estoy volviendo viejo?

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Pero no, en mis tiempos las cosas no eran mejores, al menos no a principio de los 90. Ejercitando un poco la memoria me doy cuenta de que los programas de antes realmente eran tontos, tan tontos como los de ahora, pero nos resultaban divertidos porque abordaban temas que a los niños de hoy ya no les ha tocado vivir y —más importante aún— nos gustaban porque no había otra cosa que ver, al menos a mí me llegó a pasar varias veces.

Muchos de los programas que veía de niño, especialmente caricaturas, terminaron gustándome porque no había otras opciones. La mayoría de las series eran programas rezagados de los ochenta, pues a México todo llegaba con varios años de retraso, actualmente la diferencia es de una o dos temporadas, pero en ese entonces, cuando un programa pasaba en nuestro país tenía varios años de haber dejado de trasmitirse en Estados Unidos.

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La vuelta al mundo en ochenta días

Fantasías Animadas de Ayer y Hoy, el Show de Porky, Bugs Bunny o Astroboy, eran caricaturas que nuestros padres veían de niños. Claro que si nos remontamos más atrás tendríamos que hablar de radionovelas como Apague la luz y escuche o Kaliman. En cuanto a las series tenemos Bonanza, Daniel Boone, La Isla de Gilligan, El Tunel de Tiempo o Bat Masterson, por emocionar algunas. Y en cuanto a las historietas destacan Chanoc, Los Supersabios, Tawa y La Familia Burrón.

A mí aún me tocó ver La Isla de Gilligan y La Familia Monster en algunas de sus innumerables e infinitas repeticiones, porque eso era algo que a todos nos fastidiaba pero nos tenía alelados frente al televisor esperando que ésta vez sí estrenaran un capítulo nuevo.

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La Familia Monster

Ver televisión abierta antes de los noventa y aún durante gran parte de dicha década significaba que nunca verías ni el inicio ni el final de aquella serie que con tanto gusto sintonizabas; yo en lo personal no recuerdo haber visto ninguno de ellos. Además de las constantes repeticiones, que estoy seguro muchos sufrieron al ver Pokemon, Digimon o Dragon Ball,  teníamos una carencia de contenido catastrófica.

Recuerdo que durante mi infancia siempre deteste los sábados y los domingos, pues no había nada en la televisión salvo programas como Siempre en Domingo, Sábado Gigante, El Juego de la Oca, el eterno En Familia con Chabelo y cinco horas de El Chavo de Ocho. Y eso era en mis tiempos (frase que ya suena a viejo), en los de nuestros padres no había más que chutarse seis horas de toros en la telecita blanco y negro del vecino rico del barrio; aunque podían correr con suerte y ver un rato a Cachirulo.

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El Príncipe del Rap

Dos de las caricaturas que constantemente veía de niño —en la primera mitad de los 90— pero que siempre odie y a la fecha no me gustan son: Fantasías Animadas de Ayer y Hoy y Animaniacs. La primera tenía un diseño muy de adultos, muy de cabaret, con escenas repetitivas y estereotipos racista y sexistas, como el típico negro caníbal sobrecaricaturizado, la voluptuosa mujer en traje rojo o el cantante de voz grabe y barba partida que fumaba puros sin parar. El segundo era raro, grotesco y extremadamente estúpido (sin ofender a quienes les guste). Los veía porque no había otra cosa.

También recuerdo haber visto Dinosaurios (los del nene consentido), que eran un poco más cómicos pero que en un principio tampoco me agradaban, su estética era algo violenta y los mamíferos me repugnaban. Sin embargo, terminé siendo un fan, más por fuerza que por gusto; digamos que muchos de los programas que veía fueron gustos adquiridos.

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Dinosaurios

Entrando de lleno a la animación, de la primera mitad de los noventa tengo muy pocos recuerdos de caricaturas que realmente disfrutaba. Una de las que veía con frecuencia era La Pantera Rosa, que nunca fue mi favorita pero lograba entretenerme por momentos, Voltron, Heidi y La vuelta al mundo en ochentas días, eran de las que más disfrutaba. Pero sin duda, mi favorita de aquellos años fue Thundercats, sin olvidar los clásicos como Los Picapiedra o Los Supersónicos. Los Power Rangers (MMPR), pese a no ser animados, fueron quizás el programa favorito de mi infancia temprana.

Para mediados de los noventa no hubo muchos cambios, los programas seguían siendo una basura y quizás sólo hubo dos programas de comedia que realmente disfrutaba: El príncipe del rap y La niñera. Pero en la animación surgieron tres series que realmente fueron buenas e incluso hoy siguen siendo atractivas: Dragon Ball junto a Los Caballeros de Zodiaco, que ponían al anime de vuelta en el mapa, y Batman (TAS), que reivindicaba al superhéroes como el caballero de la noche que deber ser y no la burlesca versión sesentera.

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Para finales de los noventa y principios de siglo, llegó una nueva oleada de caricaturas a televisión abierta, proveniente la mayoría de Nickelodeon y Cartoon Network. Las chicas súperpoderosas, El laboratorio de Dexter, Jonny Bravo, Hey Arnold!, entre otras, nos proporcionaron nuevas opciones televisivas que rápidamente nos engancharon a la pantalla. Además, una nueva oleada de series catapultó una vez más a la animación japonesa, Slam Dunk, Sakura Card Captor, Digimon y Pokemon, se convirtieron en franquicias con miles de adeptos en todo el país.

Así fue como logré sobrevivir a los noventa, consumiendo programas de baja calidad en televisión abierta, como la mayoría de niños de clase media-baja, y siendo educado por una televisión con años de rezago en nuestro país, que pese a lo mala que pudiera ser, absorbía cada día más horas de nuestras vidas. Y sé que muchos programas se quedaron sin menciona, pero no los recuerdo todos y probablemente muchos de ellos ni siquiera los vi, deben tener en cuenta que pese a ser nativo de los noventa, me perdí de los primero 27 días de esa década.

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Los Dinozords (MMPR)