Ir al cine

A cabo de ver un video en YouTube donde cierta persona de la televisión abierta cuenta cómo era la experiencia de ir al cine cuando él era niño, hace más de 40 años. Y la verdad me recordó algunas de las primeras experiencias de ir al cine cuando era niño y tomando esos recuerdo como pretexto hoy me he propuesto contarles algunas cosas sobre mis visitas al cine.

Como todos los seguidores del blog sabrán soy un gran apasionado de las películas, pero no precisamente de ir al cine. La verdad pocas veces he disfrutado ir a ver películas al cine, en algún punto de mi infancia los disfrutaba más, actualmente ir al cine es más el pretexto para pasar tiempo con los amigos o alguna chica, pero no para disfrutar del filme como me gusta, analizando y viendo a detalle. La verdad para disfrutar la historia como tal prefiero la tranquilidad de mi casa, sin personas hablando o niños golpeando en el respaldo del asiento.

La primera vez que fui al cine, o mejor dicho la primera vez que recuerdo haber ido al cine fue cuando iba en el Kinder (Jardín de Niños), mi mamá y mis tías nos llevaron a mí y a mis primos a ver la película de los Power Rangers, los de la primera serie que se emitió entre 1993 y 1995. No recuerdo nada al respecto del filme, pero sí que fuimos a los Cinemas Gemelos que estaban cerca de la casa y contaban con dos salas, esas salas que al iniciar la función estaban completamente oscuras y para encontrar tu lugar (porque en ese tiempo no estaban numeradas las butacas como ahora) debías pedirle a un chico que trabajaba como acomodador que te guiara con su lamparita.

De ahí pasó un buen tiempo y esos cines independientes fueron sucumbiendo al peso de las franquicias. La primera en llegar fue Cinemex y en donde yo vivo ese cine fue uno de los primeros de dicha empresa en la zona. La primera película que vi fue Tornado (1996). Recuerdo que estaba muy nervioso y tenía miedo, aunque ya había visto películas antes. En fin, a pesar del terror que tenía por entrar a ver dicha película la disfruté bastante. Y ahora que recuerdo una de las cosas por las cual me daba miedo ir al cine (y viajar en metro) cuando era niño fue por causa de la película Volcano (1997), en primera porque Cinemex emitía un anuncio antes de la película donde al final explotaba un volcán y viviendo en el área metropolitana de la CDMX los volcanes son un peligro real, estamos rodeados de ellos y la segunda fue obviamente por esa escena en la que la lava fluye por los tuenes del metro.

La primera película de “terror” que vi fue La Momia, quería ir a verla pero me daba miedo, así que mi mamá invitó a un primo y los tres fuimos a verla en la primera función, como a eso de las 12 pm, según yo porque si era de día no me daría tanto miedo. Salvo la escena donde Imhotep es momia el resto me resultó bastante normalita. El Cinemex de mi cuidad fue el primero que conocí y por muchos años el único, aunque también tuve la oportunidad de visitar dos cines que no eran de la franquicia cuando viví en provincia. En uno de ellos vi Titanic (1997), que era tan larga que tuvo intermedio, de hecho muchas de las primeras películas que vi todavía tenían intermedio. La película termino como a la 1 am y la sala estaba tan abarrotada que había gente de pie y ratas, no era el mejor cine del mundo. El segundo fue un cine de pueblo en donde vi dos películas Monster Inc. (2001) y 8 Mile (2002), el biopic de Eminem.

De regreso al área metropolitana, tuve la oportunidad todavía de entrar a un cine con permanencia voluntaria. Hacía algunos años que eso había desaparecido pero ese era el último cine que no pertenecía a una franquicia que sobrevivía y trataban de ganar clientela con esa oferta. Recuerdo haber entrado a la mitad de la función de Rugrats: La Película (1998) y me quede hasta que volvió a empezar para ver la primera parte. Siendo honesto recordar la decadencia de aquel cine me resulta muy triste.

Cinemex y Cinépolis se apoderaron del mercado y en un tiempo mi primo, con el que fui a ver La Momia, y yo sacamos nuestra tarjeta de invitado especial en Cinemex y acumulamos muchos puntos, tratábamos de conseguir la tarjeta dorada que te daban si iban más de doce veces al año. No lo logramos, nos quedamos a tres películas de ello. Aunque eso sí, fue la época donde usábamos unos chalecos grandes llenos de bolsas para meter papitas y refresco a escondidas, creo que una vez hasta unas hamburguesas logramos pasar.

Con el paso de los años y ya en preparatoria el cine fue una de las principales actividades que hacíamos con los amigos. Una tradición, ahora desaparecida, es que Vossk y yo llegábamos antes al cine y nos poníamos a jugar Yugi mientras esperábamos al resto de nuestros compañeros. El cine con los amigos dio paso al cine con alguna chica en donde no precisamente ibas a ver la película aprovechando la oscuridad de la sala. Recuerdo que incluso en una ocasión me picó una abeja ya dentro de la sala arruinando la cita.

Actualmente no voy mucho al cine, en primera porque en ocasiones no tengo con quien ir, todos los que podría acompañarme están ocupados y ya es más difícil ponerse de acuerdo con los viejos amigos para juntarse. No me gusta ir sólo al cine, me resulta muy deprimente, y por eso voy menos de lo que quisiera, aunque no disfruto tanto la película como verla solo en casa. Solamente una vez en mi vida he ido al cine solo y eso porque la película era parte de una tarea, fui a ver la de Charlie y la Fábrica de Chocolate (2005). Actualmente cuando sale algo digno de reseñar en el blog o hacer podcast Vossk y yo vamos al cine el domingo en la primera función, así hemos visto muchas de las cintas de las que hemos hablados en los últimos años.

Ver películas en el cine es algo que disfruto, ir al cine no tanto, o al menos no desde mi lado cinéfilo, pero como una actividad para compartir con alguien sí me gusta. Y me pasa los mismo al ver anime, me gusta verlo solo, no me siento cómodo viendo anime con otras personas y eso, para alguien que lleva más de diez años escribiendo en un blog sobre animación japonesa y películas creo que es bastante raro. De cualquier forma, y como dice la frase, el cine se ve mejor en el cine y es verdad.

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El síndrome de viejo

La televisión en los 90

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“En mis tiempo, la televisión infantil tenía mejor contenido”, “cuando era niño, las caricaturas eran muchos más graciosas”, “antes pasaban buenos programas y no esas porquerías”, esas y otras frases similares me han resultado muy comunes últimamente, ya sea porque las he escuchado de otros o bien porque yo mismo he tenido la intención de decirlas. Dicho fenómeno me recordó un podcast (no recuerdo de quien) en el que hablaban del síndrome de estar viejo, el cual se manifiesta con ese tipo de frases y con la constante necedad de creen que en nuestro tiempo las cosas eran mejores.

Reflexionando un poco sobre el asunto pude notar que la música, las películas y los programas que ven ahora los morritos de primaria y secundaria son realmente una porquería, me resultan desagradables, irritantes, carentes de sentido y estúpidos. Esas nuevas novelas juveniles o las sosas comedias para pubertos —como las de Dan Shneider— se han vuelto un producto más genérico que los artificiales pastelitos de Marinela. Y todo eso me ha obligado a creer que sí, en efecto, en mis tiempos las cosas eran mejores, ¿o tal vez ya me estoy volviendo viejo?

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Pero no, en mis tiempos las cosas no eran mejores, al menos no a principio de los 90. Ejercitando un poco la memoria me doy cuenta de que los programas de antes realmente eran tontos, tan tontos como los de ahora, pero nos resultaban divertidos porque abordaban temas que a los niños de hoy ya no les ha tocado vivir y —más importante aún— nos gustaban porque no había otra cosa que ver, al menos a mí me llegó a pasar varias veces.

Muchos de los programas que veía de niño, especialmente caricaturas, terminaron gustándome porque no había otras opciones. La mayoría de las series eran programas rezagados de los ochenta, pues a México todo llegaba con varios años de retraso, actualmente la diferencia es de una o dos temporadas, pero en ese entonces, cuando un programa pasaba en nuestro país tenía varios años de haber dejado de trasmitirse en Estados Unidos.

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La vuelta al mundo en ochenta días

Fantasías Animadas de Ayer y Hoy, el Show de Porky, Bugs Bunny o Astroboy, eran caricaturas que nuestros padres veían de niños. Claro que si nos remontamos más atrás tendríamos que hablar de radionovelas como Apague la luz y escuche o Kaliman. En cuanto a las series tenemos Bonanza, Daniel Boone, La Isla de Gilligan, El Tunel de Tiempo o Bat Masterson, por emocionar algunas. Y en cuanto a las historietas destacan Chanoc, Los Supersabios, Tawa y La Familia Burrón.

A mí aún me tocó ver La Isla de Gilligan y La Familia Monster en algunas de sus innumerables e infinitas repeticiones, porque eso era algo que a todos nos fastidiaba pero nos tenía alelados frente al televisor esperando que ésta vez sí estrenaran un capítulo nuevo.

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La Familia Monster

Ver televisión abierta antes de los noventa y aún durante gran parte de dicha década significaba que nunca verías ni el inicio ni el final de aquella serie que con tanto gusto sintonizabas; yo en lo personal no recuerdo haber visto ninguno de ellos. Además de las constantes repeticiones, que estoy seguro muchos sufrieron al ver Pokemon, Digimon o Dragon Ball,  teníamos una carencia de contenido catastrófica.

Recuerdo que durante mi infancia siempre deteste los sábados y los domingos, pues no había nada en la televisión salvo programas como Siempre en Domingo, Sábado Gigante, El Juego de la Oca, el eterno En Familia con Chabelo y cinco horas de El Chavo de Ocho. Y eso era en mis tiempos (frase que ya suena a viejo), en los de nuestros padres no había más que chutarse seis horas de toros en la telecita blanco y negro del vecino rico del barrio; aunque podían correr con suerte y ver un rato a Cachirulo.

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El Príncipe del Rap

Dos de las caricaturas que constantemente veía de niño —en la primera mitad de los 90— pero que siempre odie y a la fecha no me gustan son: Fantasías Animadas de Ayer y Hoy y Animaniacs. La primera tenía un diseño muy de adultos, muy de cabaret, con escenas repetitivas y estereotipos racista y sexistas, como el típico negro caníbal sobrecaricaturizado, la voluptuosa mujer en traje rojo o el cantante de voz grabe y barba partida que fumaba puros sin parar. El segundo era raro, grotesco y extremadamente estúpido (sin ofender a quienes les guste). Los veía porque no había otra cosa.

También recuerdo haber visto Dinosaurios (los del nene consentido), que eran un poco más cómicos pero que en un principio tampoco me agradaban, su estética era algo violenta y los mamíferos me repugnaban. Sin embargo, terminé siendo un fan, más por fuerza que por gusto; digamos que muchos de los programas que veía fueron gustos adquiridos.

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Dinosaurios

Entrando de lleno a la animación, de la primera mitad de los noventa tengo muy pocos recuerdos de caricaturas que realmente disfrutaba. Una de las que veía con frecuencia era La Pantera Rosa, que nunca fue mi favorita pero lograba entretenerme por momentos, Voltron, Heidi y La vuelta al mundo en ochentas días, eran de las que más disfrutaba. Pero sin duda, mi favorita de aquellos años fue Thundercats, sin olvidar los clásicos como Los Picapiedra o Los Supersónicos. Los Power Rangers (MMPR), pese a no ser animados, fueron quizás el programa favorito de mi infancia temprana.

Para mediados de los noventa no hubo muchos cambios, los programas seguían siendo una basura y quizás sólo hubo dos programas de comedia que realmente disfrutaba: El príncipe del rap y La niñera. Pero en la animación surgieron tres series que realmente fueron buenas e incluso hoy siguen siendo atractivas: Dragon Ball junto a Los Caballeros de Zodiaco, que ponían al anime de vuelta en el mapa, y Batman (TAS), que reivindicaba al superhéroes como el caballero de la noche que deber ser y no la burlesca versión sesentera.

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Para finales de los noventa y principios de siglo, llegó una nueva oleada de caricaturas a televisión abierta, proveniente la mayoría de Nickelodeon y Cartoon Network. Las chicas súperpoderosas, El laboratorio de Dexter, Jonny Bravo, Hey Arnold!, entre otras, nos proporcionaron nuevas opciones televisivas que rápidamente nos engancharon a la pantalla. Además, una nueva oleada de series catapultó una vez más a la animación japonesa, Slam Dunk, Sakura Card Captor, Digimon y Pokemon, se convirtieron en franquicias con miles de adeptos en todo el país.

Así fue como logré sobrevivir a los noventa, consumiendo programas de baja calidad en televisión abierta, como la mayoría de niños de clase media-baja, y siendo educado por una televisión con años de rezago en nuestro país, que pese a lo mala que pudiera ser, absorbía cada día más horas de nuestras vidas. Y sé que muchos programas se quedaron sin menciona, pero no los recuerdo todos y probablemente muchos de ellos ni siquiera los vi, deben tener en cuenta que pese a ser nativo de los noventa, me perdí de los primero 27 días de esa década.

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Los Dinozords (MMPR)